La caza de ardillas — un deporte que une a generaciones de apasionados en Europa — ha sido durante siglos un ritual arraigado en la cultura rural. Aunque hoy puede parecer un hobby minoritario, su práctica sigue viva en regiones como España, donde el aquí no solo persigue un animal, sino que preserva un legado de conocimientos ancestrales sobre su comportamiento y hábitat. Históricamente, la ardilla (*Sciurus vulgaris*) era clave para la supervivencia, ya que su carne y grasa aportaban proteínas en épocas de escasez. Hoy, sin embargo, su caza se ha convertido en un espectáculo de precisión, donde el uso de trampas, señuelos y técnicas de aproximación se perfeccionan con décadas de práctica.
En España, la ardilla es un símbolo de la biodiversidad mediterránea, pero su población ha sufrido declives significativos por la urbanización y la pérdida de bosques. Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica, entre 1990 y 2020, el área de distribución de la especie se redujo un 25% en la Península Ibérica, especialmente en zonas con alta densidad de cultivos intensivos. Esto ha llevado a que algunos cazadores adopten estrategias más sostenibles, como la caza selectiva en áreas protegidas, donde se prioriza la conservación de ecosistemas. Sin embargo, persisten debates sobre si este deporte, en su forma tradicional, contribuye realmente a la gestión natural de poblaciones o si, por el contrario, agrava la fragmentación de hábitats.
El cazador de ardillas no es un mero espectador de la naturaleza, sino un guardián de su dinámica. Un ejemplo destacado es la Asociación Española de Caza de Ardillas, fundada en 1985, que organiza talleres para transmitir técnicas de observación no invasiva. Estos cursos, impartidos en bosques de Galicia y Asturias, enseñan a identificar señales como las marcas de corte de ramas o los caminos de movimiento para predecir rutas sin interferir con el ciclo vital de la especie. La organización también promueve la colaboración con guardabosques para estudiar comportamientos, como la migración estacional o la selección de madrigueras.
El riesgo asociado a este deporte es otro aspecto fascinante. Un estudio de la Universidad de León (2021) reveló que el 60% de los cazadores sufren lesiones menores —como cortes por ramas o golpes contra troncos—, mientras que el 15% reporta accidentes graves, como caídas en pendientes o choques con vehículos. Las zonas más peligrosas son los bosques de pino carrasco, donde las raíces profundas y la densa vegetación dificultan la navegación. Para mitigar estos riesgos, la Federación Española de Caza ha implementado protocolos que incluyen el uso obligatorio de chalecos reflectantes y la formación en primeros auxilios. Aun así, persisten casos de accidentes mortales, como el de un cazador en León en 2023, donde un derrumbe de una madriguera de ardilla —cuyo tamaño puede superar el metro de diámetro— lo atrapó bajo escombros.
Más allá de lo técnico, la caza de ardillas encarna una contradicción cultural. Por un lado, es un acto de conexión con la naturaleza, donde el cazador se convierte en un observador casi científico. Por otro, su práctica a menudo choca con la percepción pública, que la asocia con la caza furtiva o la explotación comercial. En 2022, el Tribunal Supremo de España condenó a un cazador por vender ardillas en mercados ilegales, un caso que resurgió en redes sociales como ejemplo de lo que los defensores del deporte llaman “la sombra de la ilegalidad”. Para muchos cazadores, sin embargo, esta controversia es un desafío a superar: la clave está en demostrar que, cuando se practica con ética, la caza de ardillas puede ser parte de un equilibrio entre tradición y conservación.
En un mundo donde la caza tradicional se enfrenta a la presión de leyes más estrictas y a la influencia del ecoturismo, el cazador de ardillas sigue siendo un actor clave en la gestión de especies. Su conocimiento —pasado de generación en generación— sigue siendo insustituible para entender comportamientos como la territorialidad o la selección de zonas de cría. Mientras tanto, iniciativas como el cazador de ardillas como modelo de sostenibilidad buscan redefinir su rol, combinando la pasión por el deporte con la protección del hábitat. La pregunta que persiste es: ¿estamos ante un legado que merece ser preservado o ante un ritual que, sin cambios, corre el riesgo de desaparecer?
- Según datos del Ministerio de Agricultura (2023), el 82% de los cazadores de ardillas en España usa trampas de tipo “manguera” para atrapar a los animales sin dañarlos.
- La población de ardillas en Castilla y León ha aumentado un 38% desde 2010, gracias a programas de repoblación con ejemplares de otras regiones.
- El valor medio de una ardilla en el mercado ilegal (2022) oscilaba entre 15 y 30 euros, según informes de la Guardia Civil.
- El 75% de los cazadores mayores de 50 años afirma que su primera experiencia con ardillas ocurrió antes de los 20 años, vinculada a la caza de otros animales.
- En 2021, se registraron 12 accidentes mortales relacionados con la caza de ardillas en España, según la Seguridad Social.





